sábado, 8 de diciembre de 2012

CRÍTICA - DINOSAUR JR ( I Bet The Sky, 2012)


Después de una semana de idas y venidas caleudoscópicas, de bajadas y bajadas a los infiernos, me he levantado dispuesto a correr. Me asomo por la ventana. Llueve. Hace frío.La lógica me dice que no salga ni a por pan, pero la lógica es un estamento mental racional al que, paulatinamente, estoy dejando de lado.Bueno, que empiezo a correr huyendo de yo qué sé. Veo lo que tengo en el mp3 y todo me aburre... hasta que me encuentro con el nuevo plástico de Dinosaur Jr: I Bet The Sky. Algo nuevo, pensé, aunque sea de una banda que no me ha dado excesivas alegrías en los últimos años, sobre todo desde que la formación inicial se separara debido a un choque de trenes de la empresa EGO, dirigida por J. Mascis (cantante y guitarrista) y Lou Barlow (bajista). A Barlow sí le he seguido la pista, y con mucho gusto, ya que fundó a mis imprescindibles Sebadoh.

Éste es el tercer LP de los de Amherst, Massachusetts,desde que volvieran en 2005 a los ruedos rockeros. Tras Beyond (2007) y Farm (2009), dos discos muy aceptables si se tiene en cuenta lo que se esperaba de ellos, aparecen con este I Bet The Sky. Entre resoplidos y gargajos me doy cuenta de que estoy ante un trabajo rock con muchos tintes pop. Creo que es la sangre, que no me llega a los oídos, ya congelados. Pasan los primeros cortes y no oígo esas guitarras distorsionadas hasta el extremo, pero las melodías son muy disfrutables. El comienzo stoner de "Watch the Corner" desembarca en un sonido pop, que resume muy bien lo que nos espera. Empieza "Almos Fare"... siguen siendo ellos, pero no con los mismos instrumentos. El caso es que me gusta. Jódete, pienso. Lugo me quedo más agusto cuando las guitarras toman el mando... y vuelta a empezar.

El ramalazo pop continúa con "Stick a Toe In". No lo digo en tono peyorativo. La línea vocal de Mascis es genial y el resto de integrantes le acompañan de forma efectiva aunque a un volumen mucho más bajo de lo que nos tienen acostumbrados los dinosaurios norteamericanos. El tema "Rode" es divertido. Es pegadizo y me hizo acelerar la marcha, lo que sin duda pagué poco después. Aquí la distorsión de la guitarra en el punteo sí es marca de la casa. La buena melodía y el pop continúan con "I Know It Oh So Well", pompa de chicle barnizada con saturación y wah. El génesis de "Pierce the Morning Rain" parece una versión de "Scentless Apprectice" de Nirvana agitada con los últimos Foo Fighters. El resto del tema es puro Dinosaur Jr. "What Was That" baja el tempo con elegancia a base de golpes de bajo, lo que echas de menos en el resto de canciones. Sí, una pega, Barlow parece un espectador más en lo que a sonido se refiere. Suya es la composición de "Recognition", cuyo riff es una auténtica maravilla que parece sacada de trabajos de Sebadoh como Backsale y Bubble Scrape. "See It On Your Side" aporta un punteo genial, lo que quiere decir que el virtuosismo de Mascis como guitarrista no sólo sigue igual sino que ha mejorado. Y no sólo es virtuosismo, gracias a Dios, sino también es gusto y sentimiento. Todo el LP está plagado de buenos y sinceros punteos que acarician el blues y abrazan al rock.

Si te conquistaron con aquellos increíbles You´re Living All Over Me (1987) y Bug (1988), I Bet The Sky te gustará. Si no los conoces puede que este largo te guste más que a los incondicionales seguidores que hincaron la rodilla ante aquel sonido rompedor que revolucionó el rock independiente norteamericano de los ochenta.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

CRÍTICA - El festín de Babette (Babettes gæstebud,1987)



Entre sorbos de café y vistazos a las esquelas del periódico local, me topé con las películas que se estrenaban ese tormentoso fin de semana. Al finalizar el exhaustivo estudio de las novedades, las sesiones y los cines donde las proyectaban, me llamó la atención la fecha de realización de uno de los títulos: 1987. Ha llovido un poco... y yo tenía cinco años cuando "El festín de Babette"consiguió el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Sí, hablo de un reestreno, ese acontecimiento poco común que hace las delicias de ciertos mitómanos-cinéfilos que suele llegar cuando el barro ya te llega a la nariz y piensas que todo está perdido.

Babette (Stepháne Audran) es una mujer parisina que huye del horror de la Comuna francesa. A través de una recomendación la joven comienza a trabajar como asistenta en una aldea puritana cercana a Jutlandia. Allí cocina para dos ancianas hermanas, hijas de un benerado pastor que ha mantenido a sus hijas apartadas de todo contacto con los hombres. Los años pasan en el remoto rincón danés y Babette sigue cocinando según la tradición del lugar. Un día Babette recibe una carta de París en la que se le notifica que ha ganado un premio de lotería, por lo que decide dar un banquete al más puro estilo francés, poniendo a prueba así las convicciones religiosas de sus invitados.

Lo primero que llama la atención cuando se visiona el film es que ha pasado el tiempo. La pantalla, acostumbrada a imágenes metro sexuales e impolutas, toma la forma de un lienzo desquebrajado en el que se estrella la luz y, por ende, las fotografías que escupe el proyector. La copia está sucia. Normal. Empezamos con buen pie. El comienzo es un tanto espeso, como esa sopa de arroz que lleva diez minutos servida. Se hace esperar. El extarordinario trato del color, dominado por la buena utilización del claro-oscuro, realza una historia que te quiere llevar a una situación que el espectador conoce, que la ansía, por lo que la espera es aún más larga. Después del excesivamente largo flashback, Babette toma las riendas de la historia... y todo cambia.

Audran, con su extraña belleza y su comedida actuación, te conquista. Ella es la estrella, y la secuencia del banquete es el culmen. Todo está cuidado al mínimo detalle y la elaboración de los platos cocinados, en el siglo XIX, como la sopa de tortuga, las codornices en sarcófago, los vinos, el champán... traspasan la pantalla. Llega un momento en el que crees que estás oliendo. Con los comensales y la comida llega el humor. El cócktel es perfecto. La sonrisa del espectador es cada vez más ámplia y el final te sacia bondad. Salgo del cine y mi mente crea una imagen: un plato blanco, hondo, repleto tiras de celuloide, como si fuesen unos fetuccini. Tras ver Babette no puedes evitar pensar, aunque sólo sea un segundo, que todo es un poco más mediocre.



jueves, 10 de mayo de 2012

Sin miedo a la vida (Fearless, 1983)


Max Klein es un arquitecto que ha sobrevivido a un accidente de avión. Pese a la traumática experiencia, Max adopta una actitud valiente ante la vida, perdiendo el respeto al miedo, lo que le llevará a cometer actos cercanos a la locura. El psicólogo de la compañía acudirá a él para ayudar a una mujer que perdió a su bebé en el accidente.

Sin duda estamos ante una de esas películas infravaloradas en su tiempo pero que, con el paso de los años, están recibiendo el respaldo que merece. El film dirigido por Peter Weir (Sidney, 1948)es un glosario de perspectivas ante una catástrofe como la de un siniestro de avión, desde la tragedia personal de una madre que se siente culpable por no proteger a su hijo hasta los detalles legales más escabrosos. Pero el tema capital que nos presenta Sin miedo a la vida es el de la religión. ¿Somos dueños de nuestro destino?, ¿Ayuda tener fe en una religión en estos casos? ¿Es mejor no creer en nada? Como en casi todos los trabajos de Weir, el análisis psicológico está omnipresente a lo largo de todo el metraje.

Otro de los factores clave de la película es el elenco de protagonistas. Jeff Bridges, quien da vida a Max, interpreta aquí uno de los papeles más memorables de su carrera. Bridges asume los rasgos de un hombre que no está loco, pero cuya tendencia autodestructiva está cerca de llevarle al desequilibrio mental, lo que exige al actor actuar con sutileza sin pecar de soso o de sobreactuado. Por su parte, Susie Pérez, a quien podemos ver en films como Perdita Durango o Noche en la tierra, encarna a Carla Rodrigo, personaje que resultó ser el canto de cisne de su trayectoria artística ya que le valió dos nominaciones a mejor actriz, tanto en los Globos de Oro como en los Óscars. El resto de actores, encabezados por una bellísima Isabella Rossellini y John Turturro, aportan las dosis necesarias de rasgos remarcables a sus personajes para complementar a los protagonistas en vez de ahogarlos.

Peter Weir (Gallipoli, El Show de Truman, Master and Commander)convierte Sin miedo a la vida en un ejercico de mezcla de sonido, es un ejemplo de cómo conseguir que los sonidos, la música y el silencio puedan ser elementos tan dramáticos como una lágrima, un plano o un encadenado. Hay escenas donde la imagen es la reina y la falta tanto de sonido ambiente como de música potencian el aspecto visual de forma espectacular. Cuando el silencio se convierte en arte supera con creces, a mi parecer, al arte del estruendo y de la música en el mundo del cine.

Hay dos escenas clave en este título. La primera de ellas tiene lugar en la cornisa de un rascacielos de San Francisco. Max se sube a ella y empieza a desafiar a la muerte. Sólo sopla el viento, que azota la gabardina del arquitecto. Hay un silencio casi total y, de repente, Bridges da un grito estremecedor que se ahoga entre el resto de edificios. La escena está rodada con mucho oficio ya que, sin demasiados artificios (todavía no se estilaba rodar con efectos digitales), pone los pelos de punta al espectador. ¿Utilizan a un doble en un plano escalofriante? ¿Se rueda con espejos y falsos fondos? Lo desconozco, sólo sé que es genial. La otra escena simula el accidente de avión de manera casi perfecta, con una recreación con maquetas de tamaño real que se le puede considerar como la simulación de accidente de avión más realista que se haya rodado jamás. La guinda que corona esta escena es la pieza compuesta para la ocasión por Maurice Jarre, que aporta lirismo a la tragedia que, lejos de resultar desagradable, parece una poesía hecha imagen. La mezcla de estos elementos sitúan al metraje de esta parte, a mi juicio, entre los mejores de la Historia del Cine.

Si quieres ver una mala película... ni se te ocurra ver esta joya.



martes, 8 de mayo de 2012

CRÍTICA - THE SHINS (Port of Morrow, 2012)





















Ya podemos escuchar Port of Morrow, el nuevo trabajo de The Shins. Bueno, en realidad, puedes oírlo si no tienes nada mejor que hacer. Cinco años después del irregular Wincing the Night Away, los oriundos de Alburquerque han parido uno de los discos más planos e insípidos de lo que va de 2012, y es que, tras numerosos proyectos paralelos y fichar por la multinacional Columbia Records, era fácil intuir que The Shins no iban a publicar un disco decente, es decir, con una calidad compositiba en la línea de los excelentes Chutes Too Narrow y Oh, Inverted World, sus mejores elepés hasta la fecha, publicados con el sello Sub Pop.

"Rifle´s Spiral" da el pistoletazo de salida... y de la pistola no sale nada, ni tan siquiera un chisquetazo de agua. Es una malgama de sonidos que hacen creer que te has equivocado de disco, piensas que no pueden ser The Shins, pero sí lo son. "Simple Song" cerciora que Port of Morrow es un disco de The Shins, al menos en lo que a sonido se refiere pese a que la melodía es del montón. Conforme se suceden las canciones, como por ejemplo "It´s Only Life" y "September", Port of Morrow nada hacia orillas más intimistas, donde las composiciones de James Mercer congenian más con las melodías típicas de la banda norteamericana. No obstante el disco se hunde en un mar plano, donde el bajo resalta demasiado y las guitarras sucumben en unas corrientes de pop sin fuerza. Parece más un trabajo solista de Mercer que un proyecto en conjunto. Definitivamente se han olvidado de la austeridad y de los ideales lo-fi que los hicieron grandes y se han conformado con lo fácil. Donde no hay riesgo no hay emoción y, hoy por hoy, The Shins son batidos de pera sin azúcar, eso si, con arnés. Una lástima.

jueves, 3 de mayo de 2012

El inocente (L´innocente, 1976)

Un matrimonio italiano, perteneciente a la aristocracia italiana del siglo XIX, ve cómo su vida conyugal se desvirtúa debido a los escarfeos de él, Tullio, y a la consecuente liberación de ella, quien también comienza una relación con un amigo de la familia. Tras fracasar en sus respectivas relaciones extramatrimoniales ambos intentarán volver a la estabilidad de antaño, aunque ya nada será igual.


Tenemos ante nosotros el último legado de su director, Luchino Visconti (Milán, 1906), mítico director italiano que siempre estuvo, artísticamente hablando, muy unido al movimiento neorrealista, aunque su amor por la ópera y por el retrato histórico le alejó de directores contemporáneos como Rossellini o De Sica. En El Inocente Visconti plasma todos los postulados en los que se basó su obra, es decir, temas muy humanos pero no por ello menos incómodos. No era un director, digamos, agradable de ver, pero esta circunstancia siempre jugó a su favor si el espectador no buscaba trivialidades o películas simples, que no contaban con el aderezamiento de la reflexión o de la introspección. El ateísmo, el cristianismo, el engaño, el honor, el odio, el amor, la hipocresía, la decadencia de la aristocracia... todos estos temas están presentes en este film, y en casi todos los títulos que dirigió. Hay otras películas más conocidas que se construyen, en general, sobre los mismos cimientos que El Inocente, como El gatopardo, su obra más célebre, pero su cine también aporta puntos de vista originales, por la época en las que fueron rodadas, como es el caso de  Muerte en  Venecia, en la que la homosexualidad es vista desde la aristocracia, o Bellísima, drama encuadrado en el subgénero cine dentro del cine.


Respecto al plano estético y técnico El Inocente muestra a un Visconti sobrio, donde la cámara nunca abandona su eje. Las escenas se ruedan a base de movimientos paronámicos y zooms que nos brindan primeros planos en los momentos clave, bautizados por la música esporádica pero eficazmente realzadora de Franco Mannino. Otros aspectos de interés son el decorado, preciosista y detallado hasta el extremo, la edición, que consigue unos colores intensos pero apagados donde destaca el tono burdeos, y el formato, muy panorámico para plasmar una historia filmada casi exlusivamente en interiores pero muy eficaz cuando se sabe dónde colocar la cámara para conseguir estampas o fotos vivas que sirven de introducción a las escenas, que casi siempre empiezan con un plano general y terminan con los ya mencionados primeros planos. También cabe destacar la actuación de Giancarlo Gannini, posiblemente la mejor de su carrera junto a Pasqualino Siete Cabezas, y un plano casi imposible rodado delante de un espejo.


Indispensable para el que quiera aproximarse por primera vez al cine de Visconti.



jueves, 26 de abril de 2012

Monster (Monster, 2003)

Aileen Wornous es una prostituta que vive a golpe de pulgar por las carretas de Florida. Con el trauma de una infancia plagada de abusos y calamidades, tiene la intención de suicidarse, pero antes quiere gastar los cinco pavos que tiene en unas cervezas. En el bar bar conoce a Selby, una joven lesbiana perteneciente a una familia conservadora que no acepta su condición sexual. Aileen se hará cargo de ella y la mantendrá económicamente, aunque para ello tenga que practicar la prostitución, lo que destapará todo el infierno que ha vivido desde los trece años.

Intenso drama, basado en hechos reales, firmado por Patty Jenkins (Lawrence, 1974)quien plasma los meses más convulsos de  la vida de Wornous, una asesina en serie que odiaba la vida en general, y a los hombres en particular. Monster es una película de amor, disfrazado y agitado por elementos violentos y dessagradables, pero es una historia de la búsqueda del amor y, por ende, de la capacidad que tiene el desamor para afectar a una persona. Se trata de un film que sabe despertar sentimientos de empatía, salvo en los momentos tensos y violentos, pues no es un trabajo artificioso que tenga como objetivo despistar al espectador. La película es noble, aunque uno se queda con la sensación de que podría habérsele sacado más jugo por el atractivo de la historia. ¿Noble de más? Puede.

Charlize Theron consiguió numerosos premios por su papel en esta película, de hecho es quien arrastra a Monster a un escalón mayor y es gracias a ella por lo que el título será recordado dentro de venticinco años. A mí, no obstante, me da la sensación de que se le va a salir la dentadura en más de una ocasión, y de que su actuación, cuando el personaje requiere adquirir actitudes rudas y desafiantes,no es natural y, a veces, parece demasiado artificial. Más a certada me parece la interptretación de Ricci, un tanto más ténue y coherente.

En el apartado técnico Monster no es ninguna virguería, lo que es un acierto.Relata lo que quiere relatar de la manera más transparente posible, es fiel con el trasfondo psicológico de lo que fue la situación real, y eso se consigue con algún que otro plano subjetivo en las escenas de las agresiones y con economía de movimientos. La música sigue en esta senda, es decir, acumula cortes de tono suave, que destacan en las escenas de amor entre Aileen y Selby, pero que no estorban a las imágenes del resto del film. Destacar también la fotografía, en especial ese plano eterno en el que sale el título de la película en color rojo, donde la protagonista está bajo un puente mientras contempla una autopista acribillada por la lluvia en el ocaso del sol. Por suerte este plano vuelve a salir en el transcurso de la película.

En definitiva: Monster es una drama notable donde destacan las interpretaciones femeninas y la coherencia del discurso.



lunes, 23 de abril de 2012

CHAD VANGAALEN (Infiniheart, 2004)






Siempre que camino hacia el cine, si voy solo, escucho un disco. Intento repasar trabajos que ya conozco para que, si tengo que dejarlo a medias, no me preocupe que la interrupción influya en mi juicio final. Siempre trato de oir un plástico nuevo del tirón, como quien ve un cuadro o lee un relato corto. Aquella noche de verano decidí ir a un cine bastante lejano, por lo que pensé que sería una buena ocasión para escuchar un nuevo cd que me había llegado a las manos: Infinitheart , el primer largo de Chad VanGaalen. No conocía de nada a VanGaalen, un canadiense que había actuado en el Primavera Sound de de 2009. Desde los primeros segundos del corte inicial de Infiniheart se puede intuir que algo especial puede esperar al final de los cincuenta y siete minutos que dura el álbum. Yo escuché la versión de 2005, la alternativa presentada por Sub Pop, que compró el primer trabajo de VanGaalen a Flemish Eye, un  pequeño sello de Calgary que en 2004 apostó por el joven oriundo de Alberta. Sub Pop recortó siete minutos del proyecto original y, pese a reconocer que no he escuchado el LP de Flemish Eye, me quedé impactado por las canciones enfrascadas en Infiniheart.

Uno de los aspectos más importantes a la hora de desvirgar un disco, a mi juicio, es buscar los elementos que lo hacen destacar, o sucumbir, y pensar si cada corte te ha hecho pasar un buen rato. Si, por ejemplo, hay diez cortes de doce que te han gustado mucho, y dos te han dejado más bien indiferente, es que estás ante una grabación enorme, según mi opinión. Con Infiniheart no tuve problemas para descubrir qué era lo que destacaba. La voz de VanGaalen es aguda, muy personal, puede que sea un zumo de Drake y Neil Young. Funciona mejor cuando el canadiense dobla su propia voz, a modo de coro, aunque los susurros de VanGaalen te llegan al alma de cualquier manera, incluso con el silencio. También resalta lo personal del proyecto ya que el músico toca todos los instrumentos y él mismo fue quien los grabó en el estudio de su casa. Y eso se nota. Puedes respirar que hay libertad, que hizo lo que quiso. Utiliza una batería con sonido austero pero eficaz, sintetizadores, flautas, violines, guitarra eléctrica, bajo... parece que va completando un puzzle a golpe de intuición. Infiniheart es un cúmulo de antojos, diría yo. La suavidad de "After the Afterlife", el sintetizador mezclado con la guitarra en "Kill Me in My Sleep" y "JC´s Head on the Road", la preciosa melodía folk-pop de "I Miss You Like I Miss You", el final instrumental de "1000 Pound Eyelids", el ritmo pegadizo a más no poder de "Traffic"... son sólo un ejemplo de guardaespaldas respecto a las reinas del baile, encabezadas por la lánguida y perfecta "Blood Machine", la potente y ambivalentemente distorsonada "Echo Train", la melodía pop con cambios a lo Nirvana defendida en "Red Blood" y el sonido far west  que sucumbe en "Sunshine Snare Hits" coronan un disco rey. Indispensable para mí y , por lo menos, merecedor de una eschucha por parte de cualquier persona que le interese la música contemporánea.

Recuerdo que llegué al cine antes de que VanGaalen terminase de tocar, y me salté la sesión, litro en mano, cigarro en boca, deleitándome con una nueva escucha, en una fresca plaza del Zaidín.

miércoles, 18 de abril de 2012

CRITICA - Las malas hierbas (A. Resnais, 2009)

Me gustaría bautizar el apartado de "crítica" con aguas más sublimes y frescas, pero no va a ser así. Estaba yo dudando anoche entre ir a ver la última de Clooney, o bien, dármelas de cultureta, e ir a ver el último trabajo (estrenado ahora en España) de una legenda viva del cine francés: Alain Resnais (Vannes, 1922), quien dirigió Hiroshima mon amour, obra que le hizo formar parte de la nouvelle vague, junto a Truffaut, Godard y Chabrol, entre otros . He de decir que uno de los anzuelos que me atraparon en esta red de fraternidad, igualdad y libertad, pese a la marea de celuloide presente en la cartelera, fue su protagonista: el gran André Dussollier, quien me cautivó con su papel en La alegría de vivir, unos de mis títulos preferidos de todos los tiempos. Aquí, en Las malas hierbas, da vida a un personaje totalmente opuesto a aquél, es decir, un tipo raro, amargado, con un pasado oscuro... y cumple con creces. Debe ser que tanto Resnais como Dussollier saben lo que el uno quiere del otro, conocen qué quieren conseguir y hasta dónde pueden llegar ya que han coincidido en varias ocasiones: Mélo, On connait la chanson y El amor ha muerto. Bueno, protagonista a parte, el film naufraga casi desde el principio. Al comienzo, en los primeros diez minutos, el espectador puede pensar que tiene delante de sus ojos un proyecto que quiere emular a Amelié, pues casi todo hace pensar en ello... pero, pasado un cuarto de hora, esa esperanza desaparece como se esfuma la idea de que se trata de una comedia. No tiene gracia. El argumento promete, después se convierte es una situación un tanto surrealista, lo que no está mal, pero si a una situación surrealista la empiezas a marear a golpes de timón, pues te das cuenta de que podría aparecer Moby Dick dando coletazos y tendrías que pensar: "Bueno, pues será así". Se trata de un capricho que quiere buscar la ambiguedad de género y, lo que consigue, es una dosis de aturdimiento y confusión para nada saludable.

Como toda película, extraordinaria o lamentable, tiene varios aspectos positivos. Lo que más me llamó la atención fue el uso de la luz en los exteriores. Es muy original. A veces te da la sensación de que estás en una película de ciencia-ficción, sobre todo cuando la protagonista (Sabine Azéma) conduce su coche por el centro de la ciudad, con el predominio del rojo y del azul eléctrico También me alegró saber que un director como Resnais,  con noventa años a sus espaldas, no se le ha olvidado lo que el hábil uso de la elipsis supone para el cine. Por último destacar los decorados de interiores, en especial las casas de los protagonistas, que sin una palabra ya dibujan el carácter de cada uno. Por lo demás, nada. Aparecen los títulos de crédito y se te queda cara de idota y, no sé por qué, pensé en Clooney. ¿Ya ha terminado?, ¿Cuál era el pasado oscuro de él?, ¿Era un asesino hace años? Y para terminar con buen sabor de boca aparece en la pantalla una niña que pregunta a su madre que si, cuando ella sea un gato, podrá comer gominolas... espero que no hagan Las hierbas podridas para responder a la chiquilla, vayamos a que se atragante y haya que reírse.

lunes, 16 de abril de 2012

Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969)

Nada mejor que empezar este blog, o mejor dicho, futuro proyecto de blog,que con una caravana de teclas y huellas digitales para presentar el film que nos ocupa hoy: Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah (Fresno, 1925). La película narra las pericias de un puñado de atracadores que luchan por vivir en un mundo cambiante al que no pertenecen ya que quedaron anclados en otra época, en otra filosofía de vida, que les permitió vivir de la delincuencia a caballo entre las mujeres y el tequila, entre balas y risas. Un trato con los soldados mejicanos, y el ímpetu de un joven compañero, les llevará a poner a prueba, una vez más, los principios con los que han sobrevivido todo ese tiempo. Un cazador de recompensas, antiguo socio de los ladrones, intentará atraparlos con la ayuda de unos incompetentes desalmados.

Se trata del primer puñetazo en la mesa de Peckinpah en el panorama cinemátográfico de finales de los sesenta. Habían pasado cinco años desde que dirigiera Mayor Dundee (1964), con la que sentó las bases de su estilo, tan solvente en el género western. En Mayor Dundee, título protagonizado por Charlton Heston, se atisba la visión desoladora y violenta que caracterizó la filmografía del director californiano, pero Grupo Salvaje fue la primera película que se puede considerar como el primer producto cien por cien Peckinpah. Aquí nos encontramos el uso frecuente de la cámara lenta, el montaje rápido y confuso en las escenas de acción, la presencia contundente de la sangre, los escabrosos títulos de crédito iniciales, la banda sonora de Jerry Fielding (quien repetiría con Peckinpah en Perros de Paja y Quiero la cabeza de Alfredo García) y, ante todo, el realzamiento de la amistad, siempre bañada por el lirismo que impregnó casi todas sus cintas.

Mención a parte merece el dúo protagonista: William Holden y Ernest Borgnine, dos actores entrados en años que, aunque se acercaban a un ocaso profesional (sobre todo en el caso de Holden), nos brindaron una interpretación natural, realista, intensa y pausada cuando el personaje lo requería. Contemplar a Holden y Borgnine es como ver a dos amigos atemporales, dos camaradas que, pese a su naturaleza delictiva, no pueden parar de despertar simpatía al espectador. El elenco lo completan Robert Ryan, genial en su papel de cazarecompensas melancólico, y Edmond O´Brian, el entrañable anciano que les acompaña.

Se puede afirmar que Grupo Salvaje supuso, pese a ser vilipendiada y mutilada por la Warner, una reinvención del western. Y digo "una" y no "la" pues, bajo mi punto de vista, Sergio Leone y su Trilogía del Hombre sin Nombre o del Dólar fue otra regeneración del género,anterior a ésta, con muchos puntos afines a las películas de Peckinpah, pero distinta, al fin y al cabo. Seguro que Bloody Sam, como se le llamó a partir de entonces, bebió de Leone, pero también es seguro que fue pionero en aunar violencia y trasfondo psicológico con innovaciones técnicas que hicieron de su cine un cine de autor, tan personal como imprescindible, que defendió en otros títulos del oeste, como La balada de Cable Hogue y Pat Garrett y Billy el Niño, y en otros thrillers inolvidables, tales como La Huída y, la ya nombrada, Perros de Paja.