Sentaro es un pastelero que regenta su propio negocio en Tokio. Los dorayakis que prepara Sentaro, pese a no ser extremadamente buenos, gozan de buena fama entre sus fieles comensales. Cierto día aparece por el local una anciana, quien se ofrece para trabajar en la pastelería. Pese al inicial rechazo de Santaro, éste la contrata y la mujer le enseña a elaborar An, la pasta dulce de habichuelas de la que están rellenos los dorayakis. Pronto el éxito llama a las puertas de la pastelería y Sentaro descubrirá en Tokue algo más que una empleada.
La directora japonesa Noami Kawase dirige y escribe este film, el décimo de su carrera. La prolífica reaizadora, de tan sólo 46 años, vuelve a conmover con una historia relativamente sencilla pero que propone un gran número de matices y lecturas al espectador. Kawase se basa en la obra de Durian Sukegawa para volver a poner de manifiesto, una vez más, que se puede hacer cine de alta categoría con pocas herramientas técnicas, tan "sólo" con sobriedad narrativa y trabajo con los actores.
Las interpretaciones de la veterana Kirin Kiki (Tokue)y Miyoko Asada (Sentaro) son el engranaje perfecto para el guión de Kawase, que busca, y encuentra, emocionar al público desde la simplicidad técnica. Los movimientos de cámara son escuetos y precisos, no interfieren en la atención del respetable. La fotografía es estática pero, no por eso, menos bella. Los planos detalle de la preparación del An, ó la filmación de los cerezos en flor, son muestras de ello.
Kawase es una fiel representante del cine japonés más contenido, el que busca suscitar más que impresionar. Nombres tan ilustres como Ozu y Mizoguchi son los predecesores de este modo de entender el cine, que tienen en Kawase una digna heredera. La directora ya sorprendió a la crítica con su primer largometraje, Suzaku, que le valió la Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1997. Su penúltimo film, Aguas Tranquilas,recibió elogios tanto del público como de la crítica y recuperó el pulso después de un periodo de escasa fortuna, tras las imprescindibles El Bosque del Luto y Shara.
Siéntense pues en la butaca y no esperen nada. Sólo déjense llevar por la historia, los personajes y, por qué no, por la vida. Estamos ante un film primaveral, fresco e impetuosamente reflexivo.
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lunes, 30 de noviembre de 2015
miércoles, 28 de noviembre de 2012
CRÍTICA - El festín de Babette (Babettes gæstebud,1987)
Entre sorbos de café y vistazos a las esquelas del periódico local, me topé con las películas que se estrenaban ese tormentoso fin de semana. Al finalizar el exhaustivo estudio de las novedades, las sesiones y los cines donde las proyectaban, me llamó la atención la fecha de realización de uno de los títulos: 1987. Ha llovido un poco... y yo tenía cinco años cuando "El festín de Babette"consiguió el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Sí, hablo de un reestreno, ese acontecimiento poco común que hace las delicias de ciertos mitómanos-cinéfilos que suele llegar cuando el barro ya te llega a la nariz y piensas que todo está perdido.
Babette (Stepháne Audran) es una mujer parisina que huye del horror de la Comuna francesa. A través de una recomendación la joven comienza a trabajar como asistenta en una aldea puritana cercana a Jutlandia. Allí cocina para dos ancianas hermanas, hijas de un benerado pastor que ha mantenido a sus hijas apartadas de todo contacto con los hombres. Los años pasan en el remoto rincón danés y Babette sigue cocinando según la tradición del lugar. Un día Babette recibe una carta de París en la que se le notifica que ha ganado un premio de lotería, por lo que decide dar un banquete al más puro estilo francés, poniendo a prueba así las convicciones religiosas de sus invitados.
Lo primero que llama la atención cuando se visiona el film es que ha pasado el tiempo. La pantalla, acostumbrada a imágenes metro sexuales e impolutas, toma la forma de un lienzo desquebrajado en el que se estrella la luz y, por ende, las fotografías que escupe el proyector. La copia está sucia. Normal. Empezamos con buen pie. El comienzo es un tanto espeso, como esa sopa de arroz que lleva diez minutos servida. Se hace esperar. El extarordinario trato del color, dominado por la buena utilización del claro-oscuro, realza una historia que te quiere llevar a una situación que el espectador conoce, que la ansía, por lo que la espera es aún más larga. Después del excesivamente largo flashback, Babette toma las riendas de la historia... y todo cambia.
Audran, con su extraña belleza y su comedida actuación, te conquista. Ella es la estrella, y la secuencia del banquete es el culmen. Todo está cuidado al mínimo detalle y la elaboración de los platos cocinados, en el siglo XIX, como la sopa de tortuga, las codornices en sarcófago, los vinos, el champán... traspasan la pantalla. Llega un momento en el que crees que estás oliendo. Con los comensales y la comida llega el humor. El cócktel es perfecto. La sonrisa del espectador es cada vez más ámplia y el final te sacia bondad. Salgo del cine y mi mente crea una imagen: un plato blanco, hondo, repleto tiras de celuloide, como si fuesen unos fetuccini. Tras ver Babette no puedes evitar pensar, aunque sólo sea un segundo, que todo es un poco más mediocre.
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