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miércoles, 16 de abril de 2014

CRITICA - SOUNDGARDEN (King Animal, 2012)


La banda que una vez, allá por 1986, fue la proa de lo que a la larga se denominaría movimiento grunge ha regresado. Tras catorce años de devaneo, que no de inactividad, los miembros de Soundgarden se han encerrado en un estudio y han parido King Animal, un trabajo que sería notable si éste no estuviera firmado por una marca tan seguida y alabada como Soundgarden, la cual sus integrantes han utilizado para publicar un trabajo ramplón que está por debajo de sus posibilidades.

Camino allá por donde el río acumula más barro. Huele mal. Me pongo en situación y le doy a "reproducir". "Been Away Too Long" es buena elección para abrir el álbum, todo un sencillo, aunque ya se puede adivinar el sonido que va a envolver a los trece temas de este King Animal. Lo mejor de la canción es el puente, que contiene un cambio de ritmo del bajo y un punteo geniales. Tranquiliza saber que Ben Sheperd, el bajista, sigue aportando detalles de suma importancia a las composiciones de Kim Thayl y Chris Cornell."Non And Dash: State Actor" es buena aunque no se mueve del raíl de "Been Away Too Long". Destaca el grito de Cornell. "By Crooked Steps" sí es una apuesta por los graves y por los contratiempos que inundan los discos de la primera mitad de los noventa. Si hablamos de contratiempos en la batería podemos asegurar que el protagonista de este corte es Matt Cameron, que nació para estar en este grupo y sin el cual las líneas melódicas de Cornell y Thayil perderían demasiada valía. "A Thousand Days Before" es floja, en todos los aspectos, pero destaca el intento de Cameron por resucitar la voz de Cornell, que no puede evitar hundirse en la apatía general que escupen los de Seattle. "Blood On The Valley Floor" es una carta en cuyo remitente pone grunge, por poner una etiqueta con la que nos entendamos. El punteo de Thayil serpentea las voces de Cornell y es una señal de que, si  quieren, pueden. Oigo los primeros segundos de "Bones Of Birds". Sí, el plástico va oliendo a fango, un tanto líquido, pero fango. Los bastonazos del bajo en la parte final redondean una canción sobresaliente, en todos los sentidos de la palabra. Es difícil que algún tema supere a éste. Me siento en una parada de autobús para concentrarme mejor. 

"Taree" tiene un estribillo pegadizo suturado por una guitarra a la que le hubiera venido bien un poco más de distorsión. Me levanto de la parada y me alejo más del centro de la ciudad. En mitad de la canción se quedan sin ideas... salvo al final, cuando un excelente punteo repetitivo hace que "Taree" termine con mejor nota de la que cabía esperar a principios de curso. "Attirction" suena a Down On The Upside (1996), pero  peor. Lo mejor: los coros agudos. "Black Saturday" es un rito de paso. Parece que la costumbre antigua de dividir los elepés en caras A y B ha vuelto en este King Animal, lo que es preocupante ya que la parte A no es para que te salgan flores de los tímpanos. "Halfway There" es una buena canción pop pero necesita más garra que un águila mutilada. Es disfrutable. Con "Worse Dreams" Sheperd vuelve, y es de agradecer. Una estupenda línea de bajo es arropada milímetro a milímetro por una guitarra con reverb. Funciona. El estribillo también es pegadizo pero a alguien se le olvidó enchufar la pedalera, el DS-1, el Bigmuff o lo que diablos utilice Thayil. "Eyelids Mouth" confirma que Cornell hace muy buenas melodías vocales y tiene un buen final, pero uno no puede evitar preguntarse... ¿Dónde se han metido los Soundgarden en los últimos veinte minutos?.

Disco muy esperado y, por tanto, muy susceptible de decepcionar. Recuerda a Soundgarden por la voz de Cornell pero apenas suena a Soundgarden. No tiene ni mala leche, ni rabia, toda la que inundará a aquel oyente que espere un Badmotorfinger (1991), o un Superunknown (1994) o incluso el mencionado y minusvalorado Down On The Upside. Por supuesto no quiero mencionar a los anteriores Louder Than Love (1989)y Ultramega OK (1988), paradigmas y génesis del pesado sonido engendrado en el Noroeste de los Estados Unidos

martes, 8 de mayo de 2012

CRÍTICA - THE SHINS (Port of Morrow, 2012)





















Ya podemos escuchar Port of Morrow, el nuevo trabajo de The Shins. Bueno, en realidad, puedes oírlo si no tienes nada mejor que hacer. Cinco años después del irregular Wincing the Night Away, los oriundos de Alburquerque han parido uno de los discos más planos e insípidos de lo que va de 2012, y es que, tras numerosos proyectos paralelos y fichar por la multinacional Columbia Records, era fácil intuir que The Shins no iban a publicar un disco decente, es decir, con una calidad compositiba en la línea de los excelentes Chutes Too Narrow y Oh, Inverted World, sus mejores elepés hasta la fecha, publicados con el sello Sub Pop.

"Rifle´s Spiral" da el pistoletazo de salida... y de la pistola no sale nada, ni tan siquiera un chisquetazo de agua. Es una malgama de sonidos que hacen creer que te has equivocado de disco, piensas que no pueden ser The Shins, pero sí lo son. "Simple Song" cerciora que Port of Morrow es un disco de The Shins, al menos en lo que a sonido se refiere pese a que la melodía es del montón. Conforme se suceden las canciones, como por ejemplo "It´s Only Life" y "September", Port of Morrow nada hacia orillas más intimistas, donde las composiciones de James Mercer congenian más con las melodías típicas de la banda norteamericana. No obstante el disco se hunde en un mar plano, donde el bajo resalta demasiado y las guitarras sucumben en unas corrientes de pop sin fuerza. Parece más un trabajo solista de Mercer que un proyecto en conjunto. Definitivamente se han olvidado de la austeridad y de los ideales lo-fi que los hicieron grandes y se han conformado con lo fácil. Donde no hay riesgo no hay emoción y, hoy por hoy, The Shins son batidos de pera sin azúcar, eso si, con arnés. Una lástima.

lunes, 23 de abril de 2012

CHAD VANGAALEN (Infiniheart, 2004)






Siempre que camino hacia el cine, si voy solo, escucho un disco. Intento repasar trabajos que ya conozco para que, si tengo que dejarlo a medias, no me preocupe que la interrupción influya en mi juicio final. Siempre trato de oir un plástico nuevo del tirón, como quien ve un cuadro o lee un relato corto. Aquella noche de verano decidí ir a un cine bastante lejano, por lo que pensé que sería una buena ocasión para escuchar un nuevo cd que me había llegado a las manos: Infinitheart , el primer largo de Chad VanGaalen. No conocía de nada a VanGaalen, un canadiense que había actuado en el Primavera Sound de de 2009. Desde los primeros segundos del corte inicial de Infiniheart se puede intuir que algo especial puede esperar al final de los cincuenta y siete minutos que dura el álbum. Yo escuché la versión de 2005, la alternativa presentada por Sub Pop, que compró el primer trabajo de VanGaalen a Flemish Eye, un  pequeño sello de Calgary que en 2004 apostó por el joven oriundo de Alberta. Sub Pop recortó siete minutos del proyecto original y, pese a reconocer que no he escuchado el LP de Flemish Eye, me quedé impactado por las canciones enfrascadas en Infiniheart.

Uno de los aspectos más importantes a la hora de desvirgar un disco, a mi juicio, es buscar los elementos que lo hacen destacar, o sucumbir, y pensar si cada corte te ha hecho pasar un buen rato. Si, por ejemplo, hay diez cortes de doce que te han gustado mucho, y dos te han dejado más bien indiferente, es que estás ante una grabación enorme, según mi opinión. Con Infiniheart no tuve problemas para descubrir qué era lo que destacaba. La voz de VanGaalen es aguda, muy personal, puede que sea un zumo de Drake y Neil Young. Funciona mejor cuando el canadiense dobla su propia voz, a modo de coro, aunque los susurros de VanGaalen te llegan al alma de cualquier manera, incluso con el silencio. También resalta lo personal del proyecto ya que el músico toca todos los instrumentos y él mismo fue quien los grabó en el estudio de su casa. Y eso se nota. Puedes respirar que hay libertad, que hizo lo que quiso. Utiliza una batería con sonido austero pero eficaz, sintetizadores, flautas, violines, guitarra eléctrica, bajo... parece que va completando un puzzle a golpe de intuición. Infiniheart es un cúmulo de antojos, diría yo. La suavidad de "After the Afterlife", el sintetizador mezclado con la guitarra en "Kill Me in My Sleep" y "JC´s Head on the Road", la preciosa melodía folk-pop de "I Miss You Like I Miss You", el final instrumental de "1000 Pound Eyelids", el ritmo pegadizo a más no poder de "Traffic"... son sólo un ejemplo de guardaespaldas respecto a las reinas del baile, encabezadas por la lánguida y perfecta "Blood Machine", la potente y ambivalentemente distorsonada "Echo Train", la melodía pop con cambios a lo Nirvana defendida en "Red Blood" y el sonido far west  que sucumbe en "Sunshine Snare Hits" coronan un disco rey. Indispensable para mí y , por lo menos, merecedor de una eschucha por parte de cualquier persona que le interese la música contemporánea.

Recuerdo que llegué al cine antes de que VanGaalen terminase de tocar, y me salté la sesión, litro en mano, cigarro en boca, deleitándome con una nueva escucha, en una fresca plaza del Zaidín.