jueves, 10 de mayo de 2012

Sin miedo a la vida (Fearless, 1983)


Max Klein es un arquitecto que ha sobrevivido a un accidente de avión. Pese a la traumática experiencia, Max adopta una actitud valiente ante la vida, perdiendo el respeto al miedo, lo que le llevará a cometer actos cercanos a la locura. El psicólogo de la compañía acudirá a él para ayudar a una mujer que perdió a su bebé en el accidente.

Sin duda estamos ante una de esas películas infravaloradas en su tiempo pero que, con el paso de los años, están recibiendo el respaldo que merece. El film dirigido por Peter Weir (Sidney, 1948)es un glosario de perspectivas ante una catástrofe como la de un siniestro de avión, desde la tragedia personal de una madre que se siente culpable por no proteger a su hijo hasta los detalles legales más escabrosos. Pero el tema capital que nos presenta Sin miedo a la vida es el de la religión. ¿Somos dueños de nuestro destino?, ¿Ayuda tener fe en una religión en estos casos? ¿Es mejor no creer en nada? Como en casi todos los trabajos de Weir, el análisis psicológico está omnipresente a lo largo de todo el metraje.

Otro de los factores clave de la película es el elenco de protagonistas. Jeff Bridges, quien da vida a Max, interpreta aquí uno de los papeles más memorables de su carrera. Bridges asume los rasgos de un hombre que no está loco, pero cuya tendencia autodestructiva está cerca de llevarle al desequilibrio mental, lo que exige al actor actuar con sutileza sin pecar de soso o de sobreactuado. Por su parte, Susie Pérez, a quien podemos ver en films como Perdita Durango o Noche en la tierra, encarna a Carla Rodrigo, personaje que resultó ser el canto de cisne de su trayectoria artística ya que le valió dos nominaciones a mejor actriz, tanto en los Globos de Oro como en los Óscars. El resto de actores, encabezados por una bellísima Isabella Rossellini y John Turturro, aportan las dosis necesarias de rasgos remarcables a sus personajes para complementar a los protagonistas en vez de ahogarlos.

Peter Weir (Gallipoli, El Show de Truman, Master and Commander)convierte Sin miedo a la vida en un ejercico de mezcla de sonido, es un ejemplo de cómo conseguir que los sonidos, la música y el silencio puedan ser elementos tan dramáticos como una lágrima, un plano o un encadenado. Hay escenas donde la imagen es la reina y la falta tanto de sonido ambiente como de música potencian el aspecto visual de forma espectacular. Cuando el silencio se convierte en arte supera con creces, a mi parecer, al arte del estruendo y de la música en el mundo del cine.

Hay dos escenas clave en este título. La primera de ellas tiene lugar en la cornisa de un rascacielos de San Francisco. Max se sube a ella y empieza a desafiar a la muerte. Sólo sopla el viento, que azota la gabardina del arquitecto. Hay un silencio casi total y, de repente, Bridges da un grito estremecedor que se ahoga entre el resto de edificios. La escena está rodada con mucho oficio ya que, sin demasiados artificios (todavía no se estilaba rodar con efectos digitales), pone los pelos de punta al espectador. ¿Utilizan a un doble en un plano escalofriante? ¿Se rueda con espejos y falsos fondos? Lo desconozco, sólo sé que es genial. La otra escena simula el accidente de avión de manera casi perfecta, con una recreación con maquetas de tamaño real que se le puede considerar como la simulación de accidente de avión más realista que se haya rodado jamás. La guinda que corona esta escena es la pieza compuesta para la ocasión por Maurice Jarre, que aporta lirismo a la tragedia que, lejos de resultar desagradable, parece una poesía hecha imagen. La mezcla de estos elementos sitúan al metraje de esta parte, a mi juicio, entre los mejores de la Historia del Cine.

Si quieres ver una mala película... ni se te ocurra ver esta joya.



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