Un matrimonio italiano, perteneciente a la aristocracia italiana del siglo XIX, ve cómo su vida conyugal se desvirtúa debido a los escarfeos de él, Tullio, y a la consecuente liberación de ella, quien también comienza una relación con un amigo de la familia. Tras fracasar en sus respectivas relaciones extramatrimoniales ambos intentarán volver a la estabilidad de antaño, aunque ya nada será igual.
Tenemos ante nosotros el último legado de su director, Luchino Visconti (Milán, 1906), mítico director italiano que siempre estuvo, artísticamente hablando, muy unido al movimiento neorrealista, aunque su amor por la ópera y por el retrato histórico le alejó de directores contemporáneos como Rossellini o De Sica. En El Inocente Visconti plasma todos los postulados en los que se basó su obra, es decir, temas muy humanos pero no por ello menos incómodos. No era un director, digamos, agradable de ver, pero esta circunstancia siempre jugó a su favor si el espectador no buscaba trivialidades o películas simples, que no contaban con el aderezamiento de la reflexión o de la introspección. El ateísmo, el cristianismo, el engaño, el honor, el odio, el amor, la hipocresía, la decadencia de la aristocracia... todos estos temas están presentes en este film, y en casi todos los títulos que dirigió. Hay otras películas más conocidas que se construyen, en general, sobre los mismos cimientos que El Inocente, como El gatopardo, su obra más célebre, pero su cine también aporta puntos de vista originales, por la época en las que fueron rodadas, como es el caso de Muerte en Venecia, en la que la homosexualidad es vista desde la aristocracia, o Bellísima, drama encuadrado en el subgénero cine dentro del cine.
Respecto al plano estético y técnico El Inocente muestra a un Visconti sobrio, donde la cámara nunca abandona su eje. Las escenas se ruedan a base de movimientos paronámicos y zooms que nos brindan primeros planos en los momentos clave, bautizados por la música esporádica pero eficazmente realzadora de Franco Mannino. Otros aspectos de interés son el decorado, preciosista y detallado hasta el extremo, la edición, que consigue unos colores intensos pero apagados donde destaca el tono burdeos, y el formato, muy panorámico para plasmar una historia filmada casi exlusivamente en interiores pero muy eficaz cuando se sabe dónde colocar la cámara para conseguir estampas o fotos vivas que sirven de introducción a las escenas, que casi siempre empiezan con un plano general y terminan con los ya mencionados primeros planos. También cabe destacar la actuación de Giancarlo Gannini, posiblemente la mejor de su carrera junto a Pasqualino Siete Cabezas, y un plano casi imposible rodado delante de un espejo.
Indispensable para el que quiera aproximarse por primera vez al cine de Visconti.

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