jueves, 26 de abril de 2012

Monster (Monster, 2003)

Aileen Wornous es una prostituta que vive a golpe de pulgar por las carretas de Florida. Con el trauma de una infancia plagada de abusos y calamidades, tiene la intención de suicidarse, pero antes quiere gastar los cinco pavos que tiene en unas cervezas. En el bar bar conoce a Selby, una joven lesbiana perteneciente a una familia conservadora que no acepta su condición sexual. Aileen se hará cargo de ella y la mantendrá económicamente, aunque para ello tenga que practicar la prostitución, lo que destapará todo el infierno que ha vivido desde los trece años.

Intenso drama, basado en hechos reales, firmado por Patty Jenkins (Lawrence, 1974)quien plasma los meses más convulsos de  la vida de Wornous, una asesina en serie que odiaba la vida en general, y a los hombres en particular. Monster es una película de amor, disfrazado y agitado por elementos violentos y dessagradables, pero es una historia de la búsqueda del amor y, por ende, de la capacidad que tiene el desamor para afectar a una persona. Se trata de un film que sabe despertar sentimientos de empatía, salvo en los momentos tensos y violentos, pues no es un trabajo artificioso que tenga como objetivo despistar al espectador. La película es noble, aunque uno se queda con la sensación de que podría habérsele sacado más jugo por el atractivo de la historia. ¿Noble de más? Puede.

Charlize Theron consiguió numerosos premios por su papel en esta película, de hecho es quien arrastra a Monster a un escalón mayor y es gracias a ella por lo que el título será recordado dentro de venticinco años. A mí, no obstante, me da la sensación de que se le va a salir la dentadura en más de una ocasión, y de que su actuación, cuando el personaje requiere adquirir actitudes rudas y desafiantes,no es natural y, a veces, parece demasiado artificial. Más a certada me parece la interptretación de Ricci, un tanto más ténue y coherente.

En el apartado técnico Monster no es ninguna virguería, lo que es un acierto.Relata lo que quiere relatar de la manera más transparente posible, es fiel con el trasfondo psicológico de lo que fue la situación real, y eso se consigue con algún que otro plano subjetivo en las escenas de las agresiones y con economía de movimientos. La música sigue en esta senda, es decir, acumula cortes de tono suave, que destacan en las escenas de amor entre Aileen y Selby, pero que no estorban a las imágenes del resto del film. Destacar también la fotografía, en especial ese plano eterno en el que sale el título de la película en color rojo, donde la protagonista está bajo un puente mientras contempla una autopista acribillada por la lluvia en el ocaso del sol. Por suerte este plano vuelve a salir en el transcurso de la película.

En definitiva: Monster es una drama notable donde destacan las interpretaciones femeninas y la coherencia del discurso.



lunes, 23 de abril de 2012

CHAD VANGAALEN (Infiniheart, 2004)






Siempre que camino hacia el cine, si voy solo, escucho un disco. Intento repasar trabajos que ya conozco para que, si tengo que dejarlo a medias, no me preocupe que la interrupción influya en mi juicio final. Siempre trato de oir un plástico nuevo del tirón, como quien ve un cuadro o lee un relato corto. Aquella noche de verano decidí ir a un cine bastante lejano, por lo que pensé que sería una buena ocasión para escuchar un nuevo cd que me había llegado a las manos: Infinitheart , el primer largo de Chad VanGaalen. No conocía de nada a VanGaalen, un canadiense que había actuado en el Primavera Sound de de 2009. Desde los primeros segundos del corte inicial de Infiniheart se puede intuir que algo especial puede esperar al final de los cincuenta y siete minutos que dura el álbum. Yo escuché la versión de 2005, la alternativa presentada por Sub Pop, que compró el primer trabajo de VanGaalen a Flemish Eye, un  pequeño sello de Calgary que en 2004 apostó por el joven oriundo de Alberta. Sub Pop recortó siete minutos del proyecto original y, pese a reconocer que no he escuchado el LP de Flemish Eye, me quedé impactado por las canciones enfrascadas en Infiniheart.

Uno de los aspectos más importantes a la hora de desvirgar un disco, a mi juicio, es buscar los elementos que lo hacen destacar, o sucumbir, y pensar si cada corte te ha hecho pasar un buen rato. Si, por ejemplo, hay diez cortes de doce que te han gustado mucho, y dos te han dejado más bien indiferente, es que estás ante una grabación enorme, según mi opinión. Con Infiniheart no tuve problemas para descubrir qué era lo que destacaba. La voz de VanGaalen es aguda, muy personal, puede que sea un zumo de Drake y Neil Young. Funciona mejor cuando el canadiense dobla su propia voz, a modo de coro, aunque los susurros de VanGaalen te llegan al alma de cualquier manera, incluso con el silencio. También resalta lo personal del proyecto ya que el músico toca todos los instrumentos y él mismo fue quien los grabó en el estudio de su casa. Y eso se nota. Puedes respirar que hay libertad, que hizo lo que quiso. Utiliza una batería con sonido austero pero eficaz, sintetizadores, flautas, violines, guitarra eléctrica, bajo... parece que va completando un puzzle a golpe de intuición. Infiniheart es un cúmulo de antojos, diría yo. La suavidad de "After the Afterlife", el sintetizador mezclado con la guitarra en "Kill Me in My Sleep" y "JC´s Head on the Road", la preciosa melodía folk-pop de "I Miss You Like I Miss You", el final instrumental de "1000 Pound Eyelids", el ritmo pegadizo a más no poder de "Traffic"... son sólo un ejemplo de guardaespaldas respecto a las reinas del baile, encabezadas por la lánguida y perfecta "Blood Machine", la potente y ambivalentemente distorsonada "Echo Train", la melodía pop con cambios a lo Nirvana defendida en "Red Blood" y el sonido far west  que sucumbe en "Sunshine Snare Hits" coronan un disco rey. Indispensable para mí y , por lo menos, merecedor de una eschucha por parte de cualquier persona que le interese la música contemporánea.

Recuerdo que llegué al cine antes de que VanGaalen terminase de tocar, y me salté la sesión, litro en mano, cigarro en boca, deleitándome con una nueva escucha, en una fresca plaza del Zaidín.

miércoles, 18 de abril de 2012

CRITICA - Las malas hierbas (A. Resnais, 2009)

Me gustaría bautizar el apartado de "crítica" con aguas más sublimes y frescas, pero no va a ser así. Estaba yo dudando anoche entre ir a ver la última de Clooney, o bien, dármelas de cultureta, e ir a ver el último trabajo (estrenado ahora en España) de una legenda viva del cine francés: Alain Resnais (Vannes, 1922), quien dirigió Hiroshima mon amour, obra que le hizo formar parte de la nouvelle vague, junto a Truffaut, Godard y Chabrol, entre otros . He de decir que uno de los anzuelos que me atraparon en esta red de fraternidad, igualdad y libertad, pese a la marea de celuloide presente en la cartelera, fue su protagonista: el gran André Dussollier, quien me cautivó con su papel en La alegría de vivir, unos de mis títulos preferidos de todos los tiempos. Aquí, en Las malas hierbas, da vida a un personaje totalmente opuesto a aquél, es decir, un tipo raro, amargado, con un pasado oscuro... y cumple con creces. Debe ser que tanto Resnais como Dussollier saben lo que el uno quiere del otro, conocen qué quieren conseguir y hasta dónde pueden llegar ya que han coincidido en varias ocasiones: Mélo, On connait la chanson y El amor ha muerto. Bueno, protagonista a parte, el film naufraga casi desde el principio. Al comienzo, en los primeros diez minutos, el espectador puede pensar que tiene delante de sus ojos un proyecto que quiere emular a Amelié, pues casi todo hace pensar en ello... pero, pasado un cuarto de hora, esa esperanza desaparece como se esfuma la idea de que se trata de una comedia. No tiene gracia. El argumento promete, después se convierte es una situación un tanto surrealista, lo que no está mal, pero si a una situación surrealista la empiezas a marear a golpes de timón, pues te das cuenta de que podría aparecer Moby Dick dando coletazos y tendrías que pensar: "Bueno, pues será así". Se trata de un capricho que quiere buscar la ambiguedad de género y, lo que consigue, es una dosis de aturdimiento y confusión para nada saludable.

Como toda película, extraordinaria o lamentable, tiene varios aspectos positivos. Lo que más me llamó la atención fue el uso de la luz en los exteriores. Es muy original. A veces te da la sensación de que estás en una película de ciencia-ficción, sobre todo cuando la protagonista (Sabine Azéma) conduce su coche por el centro de la ciudad, con el predominio del rojo y del azul eléctrico También me alegró saber que un director como Resnais,  con noventa años a sus espaldas, no se le ha olvidado lo que el hábil uso de la elipsis supone para el cine. Por último destacar los decorados de interiores, en especial las casas de los protagonistas, que sin una palabra ya dibujan el carácter de cada uno. Por lo demás, nada. Aparecen los títulos de crédito y se te queda cara de idota y, no sé por qué, pensé en Clooney. ¿Ya ha terminado?, ¿Cuál era el pasado oscuro de él?, ¿Era un asesino hace años? Y para terminar con buen sabor de boca aparece en la pantalla una niña que pregunta a su madre que si, cuando ella sea un gato, podrá comer gominolas... espero que no hagan Las hierbas podridas para responder a la chiquilla, vayamos a que se atragante y haya que reírse.

lunes, 16 de abril de 2012

Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969)

Nada mejor que empezar este blog, o mejor dicho, futuro proyecto de blog,que con una caravana de teclas y huellas digitales para presentar el film que nos ocupa hoy: Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah (Fresno, 1925). La película narra las pericias de un puñado de atracadores que luchan por vivir en un mundo cambiante al que no pertenecen ya que quedaron anclados en otra época, en otra filosofía de vida, que les permitió vivir de la delincuencia a caballo entre las mujeres y el tequila, entre balas y risas. Un trato con los soldados mejicanos, y el ímpetu de un joven compañero, les llevará a poner a prueba, una vez más, los principios con los que han sobrevivido todo ese tiempo. Un cazador de recompensas, antiguo socio de los ladrones, intentará atraparlos con la ayuda de unos incompetentes desalmados.

Se trata del primer puñetazo en la mesa de Peckinpah en el panorama cinemátográfico de finales de los sesenta. Habían pasado cinco años desde que dirigiera Mayor Dundee (1964), con la que sentó las bases de su estilo, tan solvente en el género western. En Mayor Dundee, título protagonizado por Charlton Heston, se atisba la visión desoladora y violenta que caracterizó la filmografía del director californiano, pero Grupo Salvaje fue la primera película que se puede considerar como el primer producto cien por cien Peckinpah. Aquí nos encontramos el uso frecuente de la cámara lenta, el montaje rápido y confuso en las escenas de acción, la presencia contundente de la sangre, los escabrosos títulos de crédito iniciales, la banda sonora de Jerry Fielding (quien repetiría con Peckinpah en Perros de Paja y Quiero la cabeza de Alfredo García) y, ante todo, el realzamiento de la amistad, siempre bañada por el lirismo que impregnó casi todas sus cintas.

Mención a parte merece el dúo protagonista: William Holden y Ernest Borgnine, dos actores entrados en años que, aunque se acercaban a un ocaso profesional (sobre todo en el caso de Holden), nos brindaron una interpretación natural, realista, intensa y pausada cuando el personaje lo requería. Contemplar a Holden y Borgnine es como ver a dos amigos atemporales, dos camaradas que, pese a su naturaleza delictiva, no pueden parar de despertar simpatía al espectador. El elenco lo completan Robert Ryan, genial en su papel de cazarecompensas melancólico, y Edmond O´Brian, el entrañable anciano que les acompaña.

Se puede afirmar que Grupo Salvaje supuso, pese a ser vilipendiada y mutilada por la Warner, una reinvención del western. Y digo "una" y no "la" pues, bajo mi punto de vista, Sergio Leone y su Trilogía del Hombre sin Nombre o del Dólar fue otra regeneración del género,anterior a ésta, con muchos puntos afines a las películas de Peckinpah, pero distinta, al fin y al cabo. Seguro que Bloody Sam, como se le llamó a partir de entonces, bebió de Leone, pero también es seguro que fue pionero en aunar violencia y trasfondo psicológico con innovaciones técnicas que hicieron de su cine un cine de autor, tan personal como imprescindible, que defendió en otros títulos del oeste, como La balada de Cable Hogue y Pat Garrett y Billy el Niño, y en otros thrillers inolvidables, tales como La Huída y, la ya nombrada, Perros de Paja.