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martes, 25 de septiembre de 2018

CRÍTICA - Sicario: El Día del Soldado (Sollima, 2018)



Es de dominio común que las segundas partes, salvo rarezas de incuestionable valor, son escasas en el mundo del celuloide. Me refiero a aquellas que continúan o preceden la historia de una, la primera, gran película. Esta es la situación, más bien reto, ante el que se encontraba Taylor Sheridan. El guionista de la aclamada, y con razón, Sicario, asumió la escritura de la segunda parte del film dirigido por Villeneuve. El realizador de moda en la ciencia ficción saltó del barco para dedicarse en entrañas y alma a la segunda parte de todas las segundas partes, Blade Runner 2049. Pero esa es otra historia.

Sin el director original y con un nivel harto difícil de conseguir, los de Columbia Pictures le dieron la oportunidad, en forma de bomba debajo de la cama, al director itálico Stefano Sollima. Sollima es un consumado especialista en historias de violencia y corrupción. Como ejemplo sirvan Suburra y All the Cops Are Bastards. También había otras sustituciones que hacer; El compositor Jóhann Jóhansson había fallecido el pasado mes de Febrero de forma inesperada, por lo que se contrató al también islandés Hildur Guðnadóttir. Pero, sin duda, la baja más sensible de todas fue la de Emily Blunt, quien en Sicario brilla con luz propia y arrasa con todos aquellos que comparten con ella algún plano, Brolin y Del Toro incluidos. Estos dos últimos aceptaron el reto y encabezan el reparto de esta segunda parte, en la que nos adentramos a continuación.

Sicario: El Día del Soldado comienza con una primera hora excepcional. La tensión y el equilibrio brillan en una historia algo desgastada, pero que cumple con las expectativas. La trama de la primera entrega deja paso a un guión que recurre al terrorismo islámico, combinado este con el eje de los dos films: el narcotráfico mejicano. 

La fotografía de Dariusz Wolski y la agilidad con que Sollima rueda las escenas de acción hacen que el espectador caiga enseguida en las fauces de la trama. En este primer tercio de metraje la película emerge victoriosa de cualquier comparación, llegando incluso a superar por momentos al de Villeneuve. Toda la máquina está perfectamente engrasada. Actores, fotografía, música, actores y guión toman la pantalla en pos de materializar un estupendo thriller de acción... pero la segunda parte del film cae inexorablemente.

¿La razón? El guión. Pese a ser un escrito sobrio aunque cadente de originalidad, Sheridan apuesta por unas situaciones forzadas, incluso inverosímiles, con las que el guionista parece intentar aderezar lo insulso de la propuesta. El resultado, por desgracia, es del todo inapropiado. El tono compacto, serio y sobrio conseguido en la primera mitad paga los platos de ciertos giros, alguno verdaderamente sonrojante, que sitúan el tramo final de Sicario: El Día del Soldado cerca del surrealismo, género que no casa muy bien que digamos con el thriller. 

Una verdadera lástima pues todo apuntaba a que la película pasase a ser una de esas rara avis del cine, en las que una secuela iguala o supera a una gran primera entrega.

Lo mejor: Las escenas de acción y el primer tercio del film
Lo peor: El carácter surrealista e improbable de la segunda mitad
Nota: 6




miércoles, 12 de septiembre de 2018

CRÍTICA - Happy End (Haneke, 2018)

Haneke. El nombre implica devoción y repulsión a partes iguales, lo que quiere decir que el estreno de una de sus obras suele provocar aceptación, rechazo, expectación... toda una serie de calificativos contradictorios. Pues su último título, Happy End, no merece la controversia digna de otras películas, como la más reciente, Amor, del ya lejano 2012, o Funny Games, en cualquiera de sus versiones. La razón de este frío recibimiento no es otro que el mismo frío que rezuma el film.

Haneke muestra en Happy End una versión anodina y más bien inerte de su cine. Pero es honesto. El propio título ya lo advierte, a modo de lo que hoy llaman spoiler. El espectador que se acerque al film, si está iniciado en el universo del austriaco, puede esperar, con toda la razón, un metraje plagado de mala uva, desasosiego y con un final monstruoso. Pues hay de todo, pero con falta de mordiente.

La película ofrece varias historias que reflejan el devenir de una misma familia. La decadencia de la misma, y los desgraciados episodios que la acompañan en poco tiempo, son temas y tonos familiares en el cine de Haneke. La diferencia es que el director se ha tomado una especie de revancha contra aquellos que le criticaban por el incisivo tono amargo y denostado de su filmografía. Estamos ante un discurso que intenta plasmar el talante opresivo y negativo de otros títulos, pero con cierta sorna. Todo resulta, pues, artificial y engañoso.


Happy End es descaradamente gélida. La cámara sigue a los personajes desde la letanía, a distancia, sin cortes, y los deja deambular solos, alejando al espectador de los detalles. Lo que importa para Haneke es crear una atmósfera de incertidumbre y desamparo. Pero el peligro en el que puede caer el realizador, y aquí lo hace, es  en desconectar con el público. 

El lenguaje cinematográfico puede sobrevivir a este desapego hacia el espectador si se siguen la líneas de un guión acertado, pero no estamos ante ése caso. Las escenas se suceden con más pena que gloria. Algunas son, directamente, desechables o merecedoras de sufrir un amplio recorte en la sala de montaje. Excentricismo por excentricismo.


El lado positivo: el elenco de actores está superlativo. Jean - Louis Trintignant repite hazaña a sus 87 años. El francés ya estuvo insuperable en Amor, y en ésta, la película que supone, según ha declarado, su retirada del cine, no escatima en mostrar un reflejo de abandono, desidia y cansancio que corresponde al estado vital del personaje. Isabelle Hupper también repite con Haneke tras la aclamada La Pianista. La francesa interpreta a la figura central de la trama familiar, y cumple de sobra con un personaje contenido y tibio, que casa perfectamente con los personajes a los que suele dar vida la actriz.

A destacar el papel de niña psicópata que asume la jovencísima Fantine Harduin, cuyo personaje salva al film de sucumbir ante la caricaturización que hace Haneke  de su propio cine. Humor negro sin gracia y un impostado positivismo son ingredientes para un cine menor,  no digno del director austriaco.

Lo mejor: Los actores protagonistas y el descubrimiento de Harduin.
Lo peor: La debilidad de la propuesta y el frío que suscita.
Nota: 4







domingo, 27 de abril de 2014

CRÍTICA - SEBADOH (Defend Yourself, 2013)





Hay bandas sin las cuales el paso del tiempo es el doble de lento. Sus notas agilizan esos días espesos, pastosos y apáticos. Si este tiempo se convierte en años, catorce para ser exactos, pues el caso puede llegar a ser casi de análisis clínico. Pero menos mal. Los Sebadoh se han desperezado. Tras unos cuantos bostezos y estiramientos, Lou Barlow y compañía han entrado en el estudio y han cocinado un plástico que se puede paladear una y otra vez sin que éste pierda una pizca de sabor.

"I Will"  es la elegida para quitar las telarañas. Pop rock de alto voltaje macerado en una melodía vocal marca de la casa Barlow. Es una buena apertura ya que nos da pistas de lo que este  Defend Yourself nos deparará. "Love You Here" asienta las vigas  sobre las que se va a edificar el disco: un sonido austero pero bien equilibrado, sin adornos, con melodías de calidad y, ante todo, sincero. "Beat" es el primer corte que entra en el reino Encima de la Media con una línea de bajo pegadiza y potente empapada por una guitarra sucia y descarnada. "Defend Yourself"  sigue la línea de "Beat". Contiene un intervalo de apenas unos segundos donde parece que los Earth se apoderan de los instrumentos. El puente también rememora a los Radiohead computerizados de 1997, pero con el sello Sebadoh. El corte que le sigue, "Oxigen", es una píldora pop que nos recuerda por qué Barlow era tan clave como J. Mascis en los Dinosaur Jr.

En el ecuador del disco nos encontramos con "Once", sorprendente pieza instrumental que, pese a no tener el baluarte de la voz de Barlow, se encuentra entre lo mejor, sin duda, de Defend Yourself. "Inquiries"  y "State of Mine" son un giro sutil hacia un camino en cuyo horizonte se dejan ver destellos de los Creedence. "Final Days" es un portazo  en los morros. Volvemos a los noventa. La faringe de Barlow firma la mejor colección de notas del álbum. El reverb le va muy bien.... y no hablemos del punteo de Primero de Primaria de guitarra: extraordinario.

Siento si repito en exceso la palabra MELODÍA. Me lo van a permitir. Esto es así. Esto es "Can´t Depend": canción sublime donde las haya. Todo es perfecto. La voz, el bajo, la guitarra (otro brutal punteo de parvularios), el sonido... Sencillo y apabullante. Sí, con Sebadoh estos dos adjetivos suelen ir de la mano, aunque a muchos les duela. "Let It Out" instala la primera bajada de revoluciones en toda regla que bien podría haber pertenecido a algunos de los discos en solitario de Lou Barlow. Le sucede
"Listen", un compendio de buenas ideas que materializan una canción que va mejorando a base de matices y un riff muy acertado. "Separate" cierra el disco a cámara rápida, sellando un tema que recuerda a los últimos Pearl Jam.

Defend Yourself  es un retorno que debería provocar envidia a todas esas bandas que han vuelto a publicar un trabajo después de diez años o más. Es, ante todo, una buena colección de canciones grabadas sin pretensiones, con el sonido fiel que caracterizó a estos estadounidenses a principios de los noventa. La tendencia general del álbum es de notable alto, pero hay ciertos temas (Once, Final Days y Depend) que convierten Defend Yourself en una grabación indispensable para aquellos que les interese lo acontecido musicalmente en los EE.UU. a finales de los ochenta y, sobre todo, es de escucha obligatoria para los incondicionales de estos genios de Massachussets.

miércoles, 16 de abril de 2014

CRITICA - SOUNDGARDEN (King Animal, 2012)


La banda que una vez, allá por 1986, fue la proa de lo que a la larga se denominaría movimiento grunge ha regresado. Tras catorce años de devaneo, que no de inactividad, los miembros de Soundgarden se han encerrado en un estudio y han parido King Animal, un trabajo que sería notable si éste no estuviera firmado por una marca tan seguida y alabada como Soundgarden, la cual sus integrantes han utilizado para publicar un trabajo ramplón que está por debajo de sus posibilidades.

Camino allá por donde el río acumula más barro. Huele mal. Me pongo en situación y le doy a "reproducir". "Been Away Too Long" es buena elección para abrir el álbum, todo un sencillo, aunque ya se puede adivinar el sonido que va a envolver a los trece temas de este King Animal. Lo mejor de la canción es el puente, que contiene un cambio de ritmo del bajo y un punteo geniales. Tranquiliza saber que Ben Sheperd, el bajista, sigue aportando detalles de suma importancia a las composiciones de Kim Thayl y Chris Cornell."Non And Dash: State Actor" es buena aunque no se mueve del raíl de "Been Away Too Long". Destaca el grito de Cornell. "By Crooked Steps" sí es una apuesta por los graves y por los contratiempos que inundan los discos de la primera mitad de los noventa. Si hablamos de contratiempos en la batería podemos asegurar que el protagonista de este corte es Matt Cameron, que nació para estar en este grupo y sin el cual las líneas melódicas de Cornell y Thayil perderían demasiada valía. "A Thousand Days Before" es floja, en todos los aspectos, pero destaca el intento de Cameron por resucitar la voz de Cornell, que no puede evitar hundirse en la apatía general que escupen los de Seattle. "Blood On The Valley Floor" es una carta en cuyo remitente pone grunge, por poner una etiqueta con la que nos entendamos. El punteo de Thayil serpentea las voces de Cornell y es una señal de que, si  quieren, pueden. Oigo los primeros segundos de "Bones Of Birds". Sí, el plástico va oliendo a fango, un tanto líquido, pero fango. Los bastonazos del bajo en la parte final redondean una canción sobresaliente, en todos los sentidos de la palabra. Es difícil que algún tema supere a éste. Me siento en una parada de autobús para concentrarme mejor. 

"Taree" tiene un estribillo pegadizo suturado por una guitarra a la que le hubiera venido bien un poco más de distorsión. Me levanto de la parada y me alejo más del centro de la ciudad. En mitad de la canción se quedan sin ideas... salvo al final, cuando un excelente punteo repetitivo hace que "Taree" termine con mejor nota de la que cabía esperar a principios de curso. "Attirction" suena a Down On The Upside (1996), pero  peor. Lo mejor: los coros agudos. "Black Saturday" es un rito de paso. Parece que la costumbre antigua de dividir los elepés en caras A y B ha vuelto en este King Animal, lo que es preocupante ya que la parte A no es para que te salgan flores de los tímpanos. "Halfway There" es una buena canción pop pero necesita más garra que un águila mutilada. Es disfrutable. Con "Worse Dreams" Sheperd vuelve, y es de agradecer. Una estupenda línea de bajo es arropada milímetro a milímetro por una guitarra con reverb. Funciona. El estribillo también es pegadizo pero a alguien se le olvidó enchufar la pedalera, el DS-1, el Bigmuff o lo que diablos utilice Thayil. "Eyelids Mouth" confirma que Cornell hace muy buenas melodías vocales y tiene un buen final, pero uno no puede evitar preguntarse... ¿Dónde se han metido los Soundgarden en los últimos veinte minutos?.

Disco muy esperado y, por tanto, muy susceptible de decepcionar. Recuerda a Soundgarden por la voz de Cornell pero apenas suena a Soundgarden. No tiene ni mala leche, ni rabia, toda la que inundará a aquel oyente que espere un Badmotorfinger (1991), o un Superunknown (1994) o incluso el mencionado y minusvalorado Down On The Upside. Por supuesto no quiero mencionar a los anteriores Louder Than Love (1989)y Ultramega OK (1988), paradigmas y génesis del pesado sonido engendrado en el Noroeste de los Estados Unidos