Volver al cine clásico tiene algo de liberador; es el lago al que regesar cuando quieres calma y no sentir movimiento alguno. El cine de antaño, excelente en un porcentaje muy alto, es una garantía de que la calidad, la artesanía y la brillantez asomarán más temprano que tarde en la pantalla. Tales elogios son extensibles sobre todo a las décadas de los cuarenta y cincuenta. El film que revisionamos hoy es de 1943, época dorada del western, del blanco y negro, y de las más legendarias estrellas de Hollywood.
Incidente en Ox-Bow es una de esas joyas desapercibidas, invisibles ante la cantidad de títulos coetáneos que corrieron mejor suerte. Dicha coexistencia hizo menor a muchas obras que no merecen el destierro del reconocimiento. Ese es el caso de este western atípico, característica que su director, Wellman, imprimió a algunos títulos de este género, como a la estupenda Cielo Amarillo.
Los primeros minutos del largometraje atrapan al espectador con ingredientes poco comunes, casi inexistentes, en el cine de la época; la escena rezuma humor negro, ironía y mala uva por todos sus poros. Es como si Tarantino hubiese viajado al pasado, se sentara en una silla y comenzara a escribir en una Olympia el texto, firmado en esta ocasión, en la realidad, por Lamar Trotti. Les aseguro que no tiene desperdicio.
El resto del film es más bien oscuro, de una seriedad incuestionable. La trama, que aquí odiamos desvelar a modo de sinopsis, torna en un discurso que denuncia el libre albedrío, la injusticia y la ceguedad a la que lleva la venganza. La fotografía en un blanco y negro tenebroso plasmada por el maestro Arthur C Clark resalta todo lo necesario en cada plano para relatar la historia con todo su jugo. El norteamericano compone los planos al servicio de la denuncia social, un ejercicio capital en su carrera, durante la cual ganó tres Oscars. Clark fue el responsable de la fotografía de títulos como Qué verde era mi valle, El filo de la navaja y La barrera invisible... ahí es nada.
Otros de los atractivos del film es Henry Fonda. ¿Por? Pues por el toque humorístico que su personaje atesora al principio de la película. El actor muestra que no sólo sabía desenvolverse como pocos con personajes que luchaban contra el mal de su interior para hacer flotar su lado decente. Fonda, poco amigo del excentricismo y la sobreactuación, es capaz, desde la sobriedad, pasar de la comicidad a la severidad con toda la naturalidad. Su personaje necesita de tales características ya que es un protagonista de lo más humano; Gil Carter, a quien el actor da vida, tan pronto está bebido como defiende el honor de un compañero, o es un egoísta dolido por la deshonra de una mujer que no duda en luchar por lo que es ético... y Carter no es muy ético que digamos.
Western excelso y fantasmagórico que puede recordar en momentos a 12 hombres sin piedad y a otras películas , más tardías, que criticaron la injusticia en cualquiera de sus formas.


