lunes, 8 de octubre de 2018

Incidente en Ox-Bow (William A. Wellman, 1943)


Volver al cine clásico tiene algo de liberador; es el lago al que regesar cuando quieres calma y no sentir movimiento alguno. El cine de antaño, excelente en un porcentaje muy alto, es una garantía de que la calidad, la artesanía y la brillantez asomarán más temprano que tarde en la pantalla. Tales elogios son extensibles sobre todo a las décadas de los cuarenta y cincuenta. El film que revisionamos hoy es de 1943, época dorada del western, del blanco y negro, y de las más legendarias estrellas de Hollywood.

Incidente en Ox-Bow es una de esas joyas desapercibidas, invisibles ante la cantidad de títulos coetáneos que corrieron mejor suerte. Dicha coexistencia hizo menor a muchas obras que no merecen el destierro del reconocimiento. Ese es el caso de este  western atípico, característica que su director, Wellman, imprimió a algunos títulos de este género, como a la estupenda Cielo Amarillo.

Los primeros minutos del largometraje atrapan al espectador con ingredientes poco comunes, casi inexistentes, en el cine de la época; la escena rezuma humor negro, ironía y mala uva por todos sus poros. Es como si Tarantino  hubiese viajado al pasado, se sentara en una silla y comenzara a escribir en una Olympia el texto, firmado en esta ocasión, en la realidad, por Lamar Trotti. Les aseguro que no tiene desperdicio.

El resto del film es más bien oscuro, de una seriedad incuestionable. La trama, que aquí odiamos desvelar a modo de sinopsis, torna en un discurso que denuncia el libre albedrío, la injusticia y la ceguedad a la que lleva la venganza. La fotografía en un blanco y negro tenebroso plasmada por el maestro Arthur C Clark  resalta todo lo necesario en cada plano para relatar la historia con todo su jugo. El norteamericano compone los planos al servicio de la denuncia social, un ejercicio capital en su carrera, durante la cual ganó tres Oscars. Clark fue el responsable de la fotografía de títulos como Qué verde era mi valleEl filo de la navaja y La barrera invisible... ahí es nada.

Otros de los atractivos del film es Henry Fonda. ¿Por? Pues por el toque humorístico que su personaje atesora al principio de la película. El actor muestra que no sólo sabía desenvolverse como pocos con personajes que luchaban contra el mal de su interior para hacer flotar su lado decente. Fonda, poco amigo del excentricismo y la sobreactuación, es capaz, desde la sobriedad, pasar de la comicidad a la severidad con toda la naturalidad. Su personaje necesita de tales características  ya que es un protagonista de lo más humano; Gil Carter, a quien el actor da vida, tan pronto está bebido como defiende el honor de un compañero, o es un egoísta dolido por la deshonra de una mujer que no duda en luchar por lo que es ético... y Carter no es muy ético que digamos.

Western excelso y fantasmagórico que puede recordar en momentos a 12 hombres sin piedad y a otras películas , más tardías, que criticaron la injusticia en cualquiera de sus formas.


martes, 25 de septiembre de 2018

CRÍTICA - Sicario: El Día del Soldado (Sollima, 2018)



Es de dominio común que las segundas partes, salvo rarezas de incuestionable valor, son escasas en el mundo del celuloide. Me refiero a aquellas que continúan o preceden la historia de una, la primera, gran película. Esta es la situación, más bien reto, ante el que se encontraba Taylor Sheridan. El guionista de la aclamada, y con razón, Sicario, asumió la escritura de la segunda parte del film dirigido por Villeneuve. El realizador de moda en la ciencia ficción saltó del barco para dedicarse en entrañas y alma a la segunda parte de todas las segundas partes, Blade Runner 2049. Pero esa es otra historia.

Sin el director original y con un nivel harto difícil de conseguir, los de Columbia Pictures le dieron la oportunidad, en forma de bomba debajo de la cama, al director itálico Stefano Sollima. Sollima es un consumado especialista en historias de violencia y corrupción. Como ejemplo sirvan Suburra y All the Cops Are Bastards. También había otras sustituciones que hacer; El compositor Jóhann Jóhansson había fallecido el pasado mes de Febrero de forma inesperada, por lo que se contrató al también islandés Hildur Guðnadóttir. Pero, sin duda, la baja más sensible de todas fue la de Emily Blunt, quien en Sicario brilla con luz propia y arrasa con todos aquellos que comparten con ella algún plano, Brolin y Del Toro incluidos. Estos dos últimos aceptaron el reto y encabezan el reparto de esta segunda parte, en la que nos adentramos a continuación.

Sicario: El Día del Soldado comienza con una primera hora excepcional. La tensión y el equilibrio brillan en una historia algo desgastada, pero que cumple con las expectativas. La trama de la primera entrega deja paso a un guión que recurre al terrorismo islámico, combinado este con el eje de los dos films: el narcotráfico mejicano. 

La fotografía de Dariusz Wolski y la agilidad con que Sollima rueda las escenas de acción hacen que el espectador caiga enseguida en las fauces de la trama. En este primer tercio de metraje la película emerge victoriosa de cualquier comparación, llegando incluso a superar por momentos al de Villeneuve. Toda la máquina está perfectamente engrasada. Actores, fotografía, música, actores y guión toman la pantalla en pos de materializar un estupendo thriller de acción... pero la segunda parte del film cae inexorablemente.

¿La razón? El guión. Pese a ser un escrito sobrio aunque cadente de originalidad, Sheridan apuesta por unas situaciones forzadas, incluso inverosímiles, con las que el guionista parece intentar aderezar lo insulso de la propuesta. El resultado, por desgracia, es del todo inapropiado. El tono compacto, serio y sobrio conseguido en la primera mitad paga los platos de ciertos giros, alguno verdaderamente sonrojante, que sitúan el tramo final de Sicario: El Día del Soldado cerca del surrealismo, género que no casa muy bien que digamos con el thriller. 

Una verdadera lástima pues todo apuntaba a que la película pasase a ser una de esas rara avis del cine, en las que una secuela iguala o supera a una gran primera entrega.

Lo mejor: Las escenas de acción y el primer tercio del film
Lo peor: El carácter surrealista e improbable de la segunda mitad
Nota: 6




miércoles, 12 de septiembre de 2018

CRÍTICA - Happy End (Haneke, 2018)

Haneke. El nombre implica devoción y repulsión a partes iguales, lo que quiere decir que el estreno de una de sus obras suele provocar aceptación, rechazo, expectación... toda una serie de calificativos contradictorios. Pues su último título, Happy End, no merece la controversia digna de otras películas, como la más reciente, Amor, del ya lejano 2012, o Funny Games, en cualquiera de sus versiones. La razón de este frío recibimiento no es otro que el mismo frío que rezuma el film.

Haneke muestra en Happy End una versión anodina y más bien inerte de su cine. Pero es honesto. El propio título ya lo advierte, a modo de lo que hoy llaman spoiler. El espectador que se acerque al film, si está iniciado en el universo del austriaco, puede esperar, con toda la razón, un metraje plagado de mala uva, desasosiego y con un final monstruoso. Pues hay de todo, pero con falta de mordiente.

La película ofrece varias historias que reflejan el devenir de una misma familia. La decadencia de la misma, y los desgraciados episodios que la acompañan en poco tiempo, son temas y tonos familiares en el cine de Haneke. La diferencia es que el director se ha tomado una especie de revancha contra aquellos que le criticaban por el incisivo tono amargo y denostado de su filmografía. Estamos ante un discurso que intenta plasmar el talante opresivo y negativo de otros títulos, pero con cierta sorna. Todo resulta, pues, artificial y engañoso.


Happy End es descaradamente gélida. La cámara sigue a los personajes desde la letanía, a distancia, sin cortes, y los deja deambular solos, alejando al espectador de los detalles. Lo que importa para Haneke es crear una atmósfera de incertidumbre y desamparo. Pero el peligro en el que puede caer el realizador, y aquí lo hace, es  en desconectar con el público. 

El lenguaje cinematográfico puede sobrevivir a este desapego hacia el espectador si se siguen la líneas de un guión acertado, pero no estamos ante ése caso. Las escenas se suceden con más pena que gloria. Algunas son, directamente, desechables o merecedoras de sufrir un amplio recorte en la sala de montaje. Excentricismo por excentricismo.


El lado positivo: el elenco de actores está superlativo. Jean - Louis Trintignant repite hazaña a sus 87 años. El francés ya estuvo insuperable en Amor, y en ésta, la película que supone, según ha declarado, su retirada del cine, no escatima en mostrar un reflejo de abandono, desidia y cansancio que corresponde al estado vital del personaje. Isabelle Hupper también repite con Haneke tras la aclamada La Pianista. La francesa interpreta a la figura central de la trama familiar, y cumple de sobra con un personaje contenido y tibio, que casa perfectamente con los personajes a los que suele dar vida la actriz.

A destacar el papel de niña psicópata que asume la jovencísima Fantine Harduin, cuyo personaje salva al film de sucumbir ante la caricaturización que hace Haneke  de su propio cine. Humor negro sin gracia y un impostado positivismo son ingredientes para un cine menor,  no digno del director austriaco.

Lo mejor: Los actores protagonistas y el descubrimiento de Harduin.
Lo peor: La debilidad de la propuesta y el frío que suscita.
Nota: 4