miércoles, 28 de noviembre de 2012

CRÍTICA - El festín de Babette (Babettes gæstebud,1987)



Entre sorbos de café y vistazos a las esquelas del periódico local, me topé con las películas que se estrenaban ese tormentoso fin de semana. Al finalizar el exhaustivo estudio de las novedades, las sesiones y los cines donde las proyectaban, me llamó la atención la fecha de realización de uno de los títulos: 1987. Ha llovido un poco... y yo tenía cinco años cuando "El festín de Babette"consiguió el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Sí, hablo de un reestreno, ese acontecimiento poco común que hace las delicias de ciertos mitómanos-cinéfilos que suele llegar cuando el barro ya te llega a la nariz y piensas que todo está perdido.

Babette (Stepháne Audran) es una mujer parisina que huye del horror de la Comuna francesa. A través de una recomendación la joven comienza a trabajar como asistenta en una aldea puritana cercana a Jutlandia. Allí cocina para dos ancianas hermanas, hijas de un benerado pastor que ha mantenido a sus hijas apartadas de todo contacto con los hombres. Los años pasan en el remoto rincón danés y Babette sigue cocinando según la tradición del lugar. Un día Babette recibe una carta de París en la que se le notifica que ha ganado un premio de lotería, por lo que decide dar un banquete al más puro estilo francés, poniendo a prueba así las convicciones religiosas de sus invitados.

Lo primero que llama la atención cuando se visiona el film es que ha pasado el tiempo. La pantalla, acostumbrada a imágenes metro sexuales e impolutas, toma la forma de un lienzo desquebrajado en el que se estrella la luz y, por ende, las fotografías que escupe el proyector. La copia está sucia. Normal. Empezamos con buen pie. El comienzo es un tanto espeso, como esa sopa de arroz que lleva diez minutos servida. Se hace esperar. El extarordinario trato del color, dominado por la buena utilización del claro-oscuro, realza una historia que te quiere llevar a una situación que el espectador conoce, que la ansía, por lo que la espera es aún más larga. Después del excesivamente largo flashback, Babette toma las riendas de la historia... y todo cambia.

Audran, con su extraña belleza y su comedida actuación, te conquista. Ella es la estrella, y la secuencia del banquete es el culmen. Todo está cuidado al mínimo detalle y la elaboración de los platos cocinados, en el siglo XIX, como la sopa de tortuga, las codornices en sarcófago, los vinos, el champán... traspasan la pantalla. Llega un momento en el que crees que estás oliendo. Con los comensales y la comida llega el humor. El cócktel es perfecto. La sonrisa del espectador es cada vez más ámplia y el final te sacia bondad. Salgo del cine y mi mente crea una imagen: un plato blanco, hondo, repleto tiras de celuloide, como si fuesen unos fetuccini. Tras ver Babette no puedes evitar pensar, aunque sólo sea un segundo, que todo es un poco más mediocre.